Del Postparto y lo que nadie me dijo...

martes, 19 de julio de 2016




Hay una parte de la maternidad de la que nunca me hablaron cuando salí embarazada, ni ahora, ni con mi primer hijo y es el ¡postparto! Así que hoy siento que tengo que hablarles de eso, se los debo, a las que ya son madres (y pasaron por esto) y a las que están por serlo.

El postparto NO es nada sencillo, no es color de rosa, no es felicidad pura, no son los 45 días de licencia que te da la oficina, ni los 3 o 4 que estás en la clínica… Tampoco son todos los cambios físicos que atraviesa tu cuerpo después de dar a luz, ni lo que tarda el útero en volver a su tamaño normal, ni el tiempo que dejas de sangrar. ¡Es mucho más que eso! Es como una bomba de emociones a punto de estallar.

Es silencioso, casi como una sombra, se vuelve nuestra compañía, no nos deja, pero ¡tranquilas! es pasajero, natural y totalmente ¡normal!.  Nuestro cuerpo se ha partido en dos para darle vida a la vida, hemos conocido de cerca el dolor más agudo, casi sin poder recuperarnos tenemos un bebé hambriento en nuestro pecho que será su cobijo y su alimento, mientras que el sueño se va alejando poco a poco de nosotras y dormir no es algo que forme parte de nuestra rutina diaria, no al principio, pero poco a poco todo ¡todo se va regulando!

El postparto para mí esta vez ha sido crudo, intenso, abrumador, pero a la vez, ha sido un tiempo de renovación, un tiempo para encontrarme conmigo misma, de donde saqué las fuerzas para volver a creer en mí.

Cuando nació mi primer hijo, me asusté, tuve miedo, no sabía qué hacer, por donde comenzar, lloraba con él en brazos sintiéndome la madre más mala del mundo por no saber cómo atender o calmar a su hijo, por momentos había una sensación de tristeza en mí que no entendía y le atribuí todos esos sentimientos al hecho de ser “madre primeriza”. Jamás se me ocurrió pensar que tenía que ver con el postparto y menos que existían el baby blues o la depresión postparto.

Sin embargo, cuando nació mi segundo hijo, las cosas no fueron iguales, ya sabía lo que venía, me creía “capaz” para recibir a otro bebé, segura de que esta vez no habría esa extraña tristeza, ni miedo al sostenerlo en mis brazos, segura de mi maternidad y mi fuerza. ¡ERROR!

Esta vez no necesité llegar a casa para sentirme abrumada, me bastó despertar luego de la operación, me sentía sola a pesar de estar rodeada de gente, tenía unas ganas inmensas de llorar, sin razón aparente y no me sentía libre de hacerlo, ¿qué estaba pasando? ¡Acabo de tener un hijo! me repetía. Es lo más hermoso que me puede haber pasado ¿por qué sólo quiero llorar? ¿Es acaso de felicidad? ¿Es acaso de miedo? Mientras esas preguntas iban tratando de buscar respuestas en mi cabeza, llegó mi hijo mayor y sin darme cuenta, las lágrimas empezaron a caer por todo mi rostro sin que yo pudiera detenerlas y veía las miradas de todos, escuchaba que me decían que no debía llorar, que le haría daño a mi otro hijo, que pensara en la leche, que mi hijo mayor debería verme bien, que no llorara, que no llorara y que no llorara… ¡Pero no podía contenerme! Fue como una explosión y los días que siguieron en la clínica fueron iguales, estaba más sensible que de costumbre, todo me afectaba, todo me molestaba, todo me hacía llorar o renegar, no había sonrisas, no había felicidad, no había magia…

Llegué a casa con 2 hijos sin saber qué hacer, el mayor reclamaba mi atención ¡todo el día! Sin tregua, mientras que el menor necesitaba mi cuerpo, mis cuidados, mi tiempo ¡todo el día! Estaba sumergida entre los llantos del mayor y los  llantos del menor, asustada, confundida, con una herida que me dolía para caminar o incluso, hasta para ir al baño. Con unos pechos que al mismo tiempo que se llenaban de leche se llenaban de heridas. Estaba cansada, casi no dormía y encima, sentía la mirada juzgadora de todos, sabía que nadie me entendía, sabía que nadie comprendía porqué terminaba llorando por todo o porqué todo me angustiaba más, nadie entendía la guerra interna que tenía, total… ¡no era la única mujer con dos hijos en el mundo!

Quería gritar, salir corriendo, no tenía ganas de levantarme de la cama, sólo quería dormir y olvidarme de todo por un rato, no quería quedarme sola con los dos, sentía miedo de no poder con ellos, de hacer las cosas mal. Veía la carita de mi hijo mayor y le tenía pánico a no poder ayudarlo a entender nuestra nueva vida porque ¡ni yo misma la entendía! 

Hasta que un día, conversando con una amiga, le conté como me sentía, con miedo a que me llamara loca, con miedo a que se riera de mí, con miedo a que me dijera exagerada, pero necesitaba hablarlo con alguien y me dijo, de la manera más amorosa posible ¡Te entiendo totalmente! yo también pasé por eso, es parte del baby blues… ¿del qué?  Pensaba mientras trataba de analizar sus palabras ¡NO ESTABA LOCA! y poco a poco me fue describiendo todo lo que había vivido, terminando con una palabra que sentí como una promesa: ¡PASA! Todo pasa...

Eso me animó a conversar con otra gran amiga que tiene dos hijos también y preguntarle cómo era, cómo había hecho, qué tenía que hacer, porque no sabía por dónde empezar y tuve que contener las lágrimas mientras hablaba con ella. Y las amé más que nunca, en silencio, amé cada una de sus palabras, amé la forma en que me hablaron, amé la calma que me dieron, porque sin saberlo, recompusieron mi corazón, me dieron la tranquilidad de no sentirme sola, de saber que lo que estaba sintiendo era normal.

Y así, después de unos días, tan rápido como llegó, el postparto se fue y poco a poco, efectivamente, todo fue volviendo a su lugar, el miedo bajó de intensidad, me fui organizando un poco más, recuperando por partes los espacios de mi vida, reencontrándome conmigo, con mi familia, aceptando mi cuerpo y todos sus cambios, pero principalmente, aceptando mi nueva maternidad que ahora me hace más fuerte, más segura. Y hoy, defino al postparto como un reto, cuyo fin es sacar la mejor versión de nosotras mismas y prepararnos para esta caótica, pero maravillosa, vida de madres.

¿Y ustedes? ¿Qué tal llevaron su Postparto? 

Un beso,
¡Las quiero!

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Pd: Ayer, mientras terminaba de escribir este post, busqué un poco del Baby blues en Internet, y resulta que aproximadamente el 80% de las mujeres (uuun montooon) ¡pasan por esto!  y encontré, además, las diferencias entre el Baby Blues y la Depresión Postparto.  Les dejo el link con la info por si quieren saber más al respecto, AQUÍ.