Mi historia de princesas y castillos...

viernes, 22 de enero de 2016


Fuente Imagen: www.somosmultiples.es

La fecha de mi siguiente consulta se acercaba y no sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero a mí me dan unas ganas locas de que llegue el día y pueda verlo un ratito, aunque sea tan sólo a través de la ecografía, ver cuánto ha crecido, escuchar sus latidos, saber que está bien… Pero esta vez había algo más,  la posibilidad de que me digan si era hombre o mujer.

Cuando salí embarazada de Luciano estaba completamente segura que era hombre, digamos que el 6to sentido me lo decía claramente, no había dudas en mí  y a decir verdad, no me imaginaba mi vida siendo mamá de una niña. Sin embargo, ahora sentía todo al revés, desde el embarazo, los síntomas, los presentimientos… había algo que me animaba dentro de mí a hablarle como si fuera una niña (así como cuando sabía que Lu era hombre), estaba segura que me dirían que vendría otra yo en versión mini y recargada, a completar nuestra familia y la sola idea, me hacía feliz.

Por el otro lado, mi esposo, más precavido que yo, decía que no tenía preferencias, aunque sospecho que muy en el fondo tenía la misma ilusión que yo en que llegara una niña.  En cuanto a Luciano, el nunca dudó, supo perfectamente lo que quería, le hablaba a su herman@ como si fuera hombre,  estaba convencido que así sería y a quien le diera la contra, le respondía (o corregía) sin inmutarse, diciendo: ¡Es hermanito!  Lo supo desde el primer momento.  Me asustaba por ratos esa vehemencia con la que defendía que era hombre, me hacía pensar ¿y qué si fuera mujer?... Hasta que un día, muy contento (como si entendiera lo que le preocupaba a mamá) me dijo, “mami, si es hermanita la voy a querer mucho, pero créeme, es hermanito” Resultado, mamá más asustada aún.

El día de la ecografía llegó, Luciano miraba la pantalla donde se veía al bebé, al doctor y a nosotros con cara de ¡se los dije! Aún antes de que el doctor dijera algo.

Le preguntó, aunque sólo para confirmar,  en el tono de quien sabe la respuesta, “¿dotor, es hermanito o hermanita?” ¿tú qué quieres?  preguntó el doctor. ¡Hermanito! dijo sonriendo.  Al rato, el doctor río también, lo miró y sentenció… ¡ES HOMBRE!  ¿Ya ven? ¡Se los dije!, comentó Luciano, sin poder ocultar la alegría enorme que sentía...

Durante unos pequeños minutos, me quedé sin aire, mi sueño de princesas y castillos desapareció y caí en cuenta que seguiré rodeada de trenes, carros,  calzoncillos, patadas, juegos bruscos y pedos por algunos años más… 

El primer día, no les miento, me costó asimilarlo un poco. Tal vez por la idea que, sin querer, me había hecho, tal vez por la imagen que todo el mundo te vende de la familia feliz con la parejita, tal vez porque tenía toda la ropa de mi sobrina heredada en el clóset y había soñado con las falditas y vestiditos tan monos durante los últimos 4 meses. No lo sé. Ese día lloré, me sentí triste y me di permiso de sentirme así.  Aunque tenía mis momentos en los cuales me requintaba diciéndome ¡Es tu hijo! ¿Qué estás pensando, mala madre?, ¡Cómo puedes estar triste!

Al día siguiente estaba, como cual resaca, mal, mal, mal…  tenía un cargo de conciencia espantoso, le hablaba a mi barriga pidiéndole perdón por haberme entristecido tan egoístamente y de pronto, sin darme cuenta, me encontré a mí misma sonriendo ante la idea de ser mamá de otro hombre. Pensando en todo lo que se me venía, en las travesuras dobles que harán, las caídas, los juegos, los alborotos, los vidrios rotos, los pelotazos en la sala, las peleas por ordenar el cuarto  ¡la complicidad entre ellos! y me sentí fascinada. Sin parar de reírme,  miré mi barriga una vez más y le dije: Sólo les voy a pedir una cosa ¡Tengan piedad de su madre! jajajaja...

Ese día entendí que no había nada más hermoso para mí en este momento, que la idea de estar rodeada de hombres se hacía cada vez más atractiva y me llenaba de cosquillas el cuerpo…  ¿por qué pensar que mi sueño de castillos y princesas había desaparecido? cuando al contrario, un príncipe más llega a mi castillo, a completar mi familia, a contribuir con nuestras aventuras y a escribir nuestra propia historia, en la que tal vez, por qué no, algún día se incorpore una princesa… u otro príncipe más... Ya que no importa si es hombre o mujer, se les ama con la misma intensidad y locura, con la misma emoción... vienen a llenarnos de una manera inexplicable, a hacernos ¡mucho más felices!

Bienvenido mi niño a mi vientre, a nuestro mundo, a nuestra familia... 
¡Tu hermano, tu papá y yo, te esperamos con muchas ansias! 



                                    
Un beso, 
¡Los quiero!

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