Tanto que agradecer!

jueves, 15 de octubre de 2015


Estos días he estado de mal humor, no sé por qué, han sido de esos días en los que todo te molesta y no entiendes muy bien el motivo. Me faltaban las ganas y la energía de siempre, me faltaba ese combustible que enciende nuestros días. Estaba atascada pensando en las cuentas por pagar, las cosas que tengo que hacer y no he hecho, versus las cosas que me gustaría hacer y que tampoco he hecho, en lo cansada que estoy, lo mal que dormí, qué cocinar, qué hacer con mi hijo en estas vacaciones, a dónde ir, qué jugar y mientras pensaba en eso, volvía a pensar que en vez de jugar debería estar haciendo otra cosa “ más productiva” para mejorar las cosas en casa y mi lista interminable de to dos. Caminaba con una mecha en la mano y en la otra el encendedor que la prendía y que por cualquier cosa, estallaba. Definitivamente han sido días en los que ni yo me aguantaba.

Despertaba con las mismas cosas por hacer, acumuladas de la semana y me acostaba con las mismas cosas faltantes y con una oración en la boca de que mañana sería un día mejor. Así he estado los últimos días, sin rumbo aparente, encontrando más cosas de las que quejarme en el camino. Pero hoy, de pronto, todo cambió. En la tarde, mientras Luciano jugaba con sus primos, pensé en algo que hicimos con mi esposo el otro día en las Nazarenas... ¡Dar las gracias!

Darle las gracias a Dios, por las “pequeñas” (según yo, en ese momento) cosas que tenía, por aquellas que, generalmente, damos por hecho. Empecé a enumerarlas y mientras más agradecía, más me daba cuenta de todo lo que tenía, mi perspectiva de las cosas iba cambiando y entendía que nada era tan malo como yo pensaba y que a la larga tenía más cosas que agradecer de las que quejarme… ¿Cómo es que la forma en que miras las cosas puede cambiar todo el panorama? pensé, y cosas como las que damos por sentadas en medio de la rutina, son las más importantes, las que deberíamos agradecer antes de empezar el día.

Poco a poco, el mal humor fue desapareciendo y le fue dando paso a una sonrisa, una sonrisa traviesa y juguetona que era producto de mi agradecimiento. Una sonrisa cómplice con la vida, como aquellas que me daba mi mamá cuando me atrapaba haciendo una travesura y se hacía la loca. Una sonrisa que me hizo sentir cosquillas en el corazón y hacerlo inflarse de agradecimiento.

Agradecimiento por poder abrazar a mi hijo, jugar y crecer con el, porque ocupa mis días y mis pensamientos, porque aunque su cuarto está desordenado, su rebeldía va en aumento, se niega a comer la comida y me reta cada vez más, estamos juntos y sólo con eso es suficiente. Agradecimiento por que mi esposo regresa a casa cada noche y podemos dormir abrazados (y otras no tanto) por su fortaleza, su valentía, su amor y su compañía, por que juntos somos la base de esta familia. Agradecimiento por que mis papás están a mi lado y aunque son medio sordos cuando les digo que cosas no tienen que hacer con Luciano, son mi apoyo incondicional ¡Agradecimiento por estar viva!

Muchas personas dicen que agradecer no sirve de mucho, que las cosas no van a cambiar simplemente porque digas "gracias" y tal vez tengan razón también, pero lo que sí cambia, es la actitud frente a las cosas, frente a los problemas, frente a la vida, frente a lo que crees que "te falta". Cuando realmente te das cuenta de todo lo que tienes, comprendes, que lo demás, es secundario. Agradecer nos abre los brazos y nos permite sentir y saborear nuevamente todo lo hermoso que tenemos en la vida, nos hace apreciar a cada persona y cada cosa y darle de nuevo el verdadero valor que tiene y que a veces se nos olvida en medio de la rutina y del día a día, pero sobre todo, nos permite notar, cuán bendecidos estamos y que tenemos ¡tanto que agradecer!

Quería contarles esta experiencia distinta a las que siempre les comparto y agradecerles por estar aquí, por ser parte de mi vida y de mi familia... ¡Gracias!



Un beso,
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