Lo que aprendí de sus noches enfermo...

jueves, 23 de octubre de 2014

Hace unos días Luciano se enfermó, no lo hace con mucha frecuencia, pero cuando lo hace, me pega unos sustos de aquellos…  Aunque creo que es inevitable, porque admito que en cuanto a Lu se refiere, soy muy asustadiza, más de lo que esperaba ser, le tengo miedo a los resfriados, a la tos, a las caídas, a los rasguños, a la sangre (felizmente aún no hay sangre!) y aunque todos me dicen que me prepare porque tengo un hijo hombre, trato, les juro que trato de hacerlo pero mi corazón me juega malas pasadas y la última vez, no fue la excepción…

Empezó con un poco de congestión, luego tos, algo de fiebre, pero cuando dejó de querer comer (algo muy extraño en el! Jajaja) y dormir mal, dije algo está pasando… el jarabe no hacía mucho efecto, vomitaba casi toda la leche que tomaba, y lo que me temía llegó, estaba con flema y no podía respirar, así que tocaba nebulizarlo ¡la primera nebulización de su vida!

No tenía idea como iba a reaccionar el, si bien es cierto, para mí es algo normal, ya que mis “vacaciones” de invierno casi siempre terminaban en el paradisiaco hospital del niño de la Av. Brasil con un nebulizador cada media hora por las siguientes 4 horas creo, cuartos de vapor, eucalipto y miles de cosas más…  pero esta vez no era yo, era mi hijo...

La enfermera trajo el nebulizador y dijo firme, abrácelo bien fuerte para que no se lo saque, agárrele las manos y trate que lo respire 10 minutos… ¡Ay que exagerada! pensé, ni que fuera para tanto, Lu es bastante tranquilo con estas cosas y entiende cuando es por su bien ¿entiende? JA, nada más lejos de la verdad ese día! 

Dejó que le pongan la mascarilla, porque no sabía que era, pero ni bien salió el oxígeno mi hijo se transformó, parecía que lo estaban torturando, empezó a retorcerse, a querer sacarse el nebulizador, a gritar, a mover la cabeza de un lado a otro, una cosa terrible, yo no sabía cómo agarrarlo, felizmente estaba mi esposo, los dos lo sujetábamos, pero cada vez que Luciano gritaba mami no, papi no, con su vocecita de súplica, yo sentía que no podía sostenerlo por más tiempo, quería soltar todo y abrazarlo fuerte y decirle que nada malo iba a pasar, que nadie volvería a ponerle esa mascarilla jamás y sacarlo de ahí corriendo. Mi corazón se partía en dos, entre lo que sabes que tienes que hacer y lo que quisieras hacer, pero me acordaba que la mamá era yo y que tenía que hacerlo sí o sí, para que él se cure rápido y pueda respirar mejor, fueron 10 minutos eternos. Después que pasaron, tuvimos que esperar 15 más, para ponerle el segundo y cuando lo vio, antes que se lo pongan ya había metido su cabeza entre mis piernas, y todo empezó de nuevo…  cuando acabó, me di cuenta que estaba, prácticamente, llorando con el. ¡Que difícil es ver a tu hijo enfermo! el corazón se hace tan chiquito y puedes escuchar cada latido como si estuviera en tu oído, ansiedad, angustia, miedo,dolor, todo se junta...

Regresé a casa con 3 jarabes y un inhalador cada 4 horas, la pregunta del millón era ¿cómo voy a hacer esta vez, para que se deje poner todo? Y luego vinieron otras no tan menos importantes ¿y si no le gusta? ¿y si lo escupe? ¿y si llora de nuevo tan angustiado? ¿y si se molesta conmigo?

Me puse a pensar y a pensar cómo podría hacer para que no pase nada y apareció en mi cabeza una idea ¡vamos a jugar al doctor! Mi mamá me miró intrigada, como pensando que había enloquecido jajaja... pero no, tenía que intentar hacerlo divertido, así que cuando le tocaba la medicina, yo salía del cuarto, tocaba la puerta con SU maletín de doctor, lleno de los utensilios y la medicina, le hacía todo el chequeo de rutina jajajaja y luego le recetaba que tenía que tomar su medicina para curarse rapidito y ¿que creen?  para mi sorpresa, ¡funcionó! jajaja aunque no le gustaba el jarabe (realmente era bien feo!) se lo tomaba todito sólo por el hecho de seguirle la corriente al juego e incluso, terminábamos cantando la canción de la doctora juguetes jajaja... y así poco a poco fue acostumbrándose a los jarabes y al inhalador y dejándose curar.


(Ah! antes que me olvide, la cucharita que viene en los jarabes no me sirvió casi nunca, me recomendaron darle en jeringa y es una maravilla, súper práctica, no se ensucia, y es mucho más fácil para dar la medida exacta)


A raíz de todo esto, analicé un poco todas las veces que ha estado enfermo, cómo me he sentido yo y sobre todo el y me pareció interesante, compartir mi lista de aprendizajes de “nuestras noches enfermos” con ustedes. Si bien es cierto, en la teoría lo sabía, es muy diferente en la práctica. Aquí les va:

Aprendí que el jarabe de la noche se lo tengo que dar antes de darle la leche porque si se lo doy después, me vomita tanto la leche como el jarabe, y tiene que ser más o menos 20 minutos antes porque si no, la leche podría cortar el efecto de ciertas medicinas.

Aprendí que el día que se enferman, dura 24 horas, porque te puedes pasar en vela toda la noche cuidándolo, y si te duermes, lo haces en “guardia” al más mínimo cof te despiertas, estás vigilante, tus sentidos se potencian al máximo.

Aprendí que una mamá es una química farmacéutica por naturaleza, puedes recordar qué le estás dando y para qué es cada remedio, con la misma exactitud que recuerdas que le dabas cuando se enfermó la primera vez, cual remedio era bueno y cual era malo, cual le dio alergia y cual no, como si hubieras estudiado toda tu vida.

Aprendí que sigo teniendo el mismo miedo cuando mi hijo se enferma, que tenía cuando recién nació, con la única diferencia, que ahora primero actúo y luego tiemblo (o lloro).

Aprendí que cuando están enfermos, están malhumorados, desganados y no quieren comer (y es mejor no obligarlos) así que hay que darles de preferencia sólo cosas ligeras, yo en estos casos siempre le doy una sopita de pollo, tengo la loca idea que “una sopa de mamá” lo cura todo (funcionó conmigo y mi mamá, jajaja) así que cuando está enfermo del estómago, resfriado, fastidiado por algo, mi solución es una sopita de pollo con papita amarilla y cabello de ángel! Jajaja santo remedio y se la acaba todita, así al menos sé que está alimentado!

Aprendí que su “mamitis” va a aumentar y es normal, porque somos su mundo, su doctor de cabecera, a nuestro lado se sienten protegidos y sólo hay que disfrutarla, porque pasa y pasa muy rápido.

Aprendí que la confianza que le tienes al pediatra de tu hijo tiene que ser a ciegas, es una de esas relaciones que te pueden cambiar la vida, necesitas estar tranquila y saber que hay alguien al otro lado del teléfono (o en el consultorio) que va a cuidar a tu hijo más allá de lo que tú puedes hacer por él. Eso es fundamental, a mí me ha ayudado un montón, saber que puedo llamarlo a cualquier hora del día (o de la noche) y que me va a responder, obvio que tiene que ser una súper emergencia para llamarlo a las 3 de la mañana, cosa que aún no he hecho jajajaja,  pero saberlo es un alivio. Así que busquen un pediatra de aquellos, como diría mi papá, de los de antes, que te daban la confianza de un amigo y la tranquilidad de un doctor.

Aprendí que aunque quiero no darle la medicina que no le gusta, no ponerle la inyección que le duele, no llevarlo al doctor si le asusta, no puedo evitarlo, tengo que hacerlo, pero puedo sonreír y hacerle ver que todo estará bien (aunque a veces termine metida en el baño llorando tan igual que el!)

Y finalmente, aprendí, para mí lo más importante de esta lista,  que los niños pueden hacer muchas cosas a través del juego, que jugando se identifican, se sienten seguros, se relajan y entienden, es el lenguaje que dominan y es increíble cómo pueden cambiar su actitud cuando les enseñas algo jugando, que valgan verdades, es la mejor forma de aprender algo.




Espero les guste y les sirva!
Un beso,

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